Fran Wiegand
Te
sentía tan cercano, pequeño, tan humano aquí a mi lado. Te sentía perfecto,
suave y tibio. Un vaho caliente emanaba de tus suspiros y te acurrucabas en mi
pecho.
Así
éramos en las tardes de invierno de mayo. Pero ahora que miro hacia atrás, veo
que la moneda calló por el lado de la soledad y el dolor; todo lo que termina,
ha de terminar mal.
Tú,
callas impasible, impoluto frente a mis palabras y te vas caminando sin mirar
hacia atrás, mientras yo contemplo tu espalda y lloro. No lloro porque te
vayas, sino porque sé que no volverás nunca más. Rezo por que sea todo una de
tus bromas y que vuelvas corriendo, pero esta vez ha acabado y ha sido para
siempre.
Tu
silueta se desvanece en la neblina de mis sueños, pues tu cuerpo yace en el
dormitorio eterno y tu sonrisa no volverá a iluminar mis días. ¿Por qué? ¿Acaso
tu amiga te vino a decir que ya era hora?
Sigo
como una muerta en vida tu cortejo hacia tu última pieza, escuchando aquella
sinfonía que a ambos nos gustaba, y percibo tu carcajada entre las sombras de
los árboles, pero caigo en cuenta de que nuevamente mi cerebro está bromeando a
mis sentidos.
La
ironía de saber que yo fui quien te dio la estúpida idea y de ser tú quien –siempre
en perfección-, la desarrollaras y te llevas contigo ese acorde último, ese
trino perfecto, esa mirada dudosa y tus labios finos.
Escucho
a lo lejos el llanto de aquellos que –como yo-, no pueden creer tu partida,
pero ellos tienen el consuelo de los demás, tienen el consuelo de sentirse
aceptados. Estoy sola, me has dejado sola, sintiendo tus pasos a media tarde,
cuando solías regresar y tu lado de la cama, tibio, como si te acabases de
levantar.
No
soporto tu partida, me has dejado con un ala menos y lágrimas demás. Ya no
quiero volver a aprender a volar, no quiero aprender a sonreír, pues sin ti,
todo se ha vuelto falso y en blanco y negro.
Negación;
te niego –dicen-, te odio, pero te amo. Eras un pequeño cachorro falto de madre
y abandonado en la calle, te acurruqué en mis brazos y cuando tuviste fuerza
suficiente, dejaste todo por un capricho inherente e inalienable a todos, menos
a ti.
Tu
música, tus suspiros, tus pestañas largas e infinitas sobre tus ojos, que
muchas veces dibujé como telarañas que aprisionaban mis cejas cuando nuestras
caras estaban juntas; ya no las volveré a contemplar.
Han
cerrado ya tu recámara con silencio y me veo allí detenida junto a los árboles
que marchitan sus hojas en otoño. Veo tu alcoba –como nunca antes-, ordenada.
A
lo lejos escucho que me hablan. ¿Quién será?. Vuelvo en mí y escucho que me
dices -Terminamos.
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