Bienvenido

Damos las cordiales bienvenidas a todos los lectores que visitan este sitio. Esperamos que sea un agrado cada palabra y cada verso en los cuales se atrevan a incursionar.

Atte Culpables

sábado, 18 de mayo de 2013

“La soledad de las hojas en otoño” - Fran Wiegand



Fran Wiegand

Te sentía tan cercano, pequeño, tan humano aquí a mi lado. Te sentía perfecto, suave y tibio. Un vaho caliente emanaba de tus suspiros y te acurrucabas en mi pecho.
Así éramos en las tardes de invierno de mayo. Pero ahora que miro hacia atrás, veo que la moneda calló por el lado de la soledad y el dolor; todo lo que termina, ha de terminar mal.
Tú, callas impasible, impoluto frente a mis palabras y te vas caminando sin mirar hacia atrás, mientras yo contemplo tu espalda y lloro. No lloro porque te vayas, sino porque sé que no volverás nunca más. Rezo por que sea todo una de tus bromas y que vuelvas corriendo, pero esta vez ha acabado y ha sido para siempre.
Tu silueta se desvanece en la neblina de mis sueños, pues tu cuerpo yace en el dormitorio eterno y tu sonrisa no volverá a iluminar mis días. ¿Por qué? ¿Acaso tu amiga te vino a decir que ya era hora?
Sigo como una muerta en vida tu cortejo hacia tu última pieza, escuchando aquella sinfonía que a ambos nos gustaba, y percibo tu carcajada entre las sombras de los árboles, pero caigo en cuenta de que nuevamente mi cerebro está bromeando a mis sentidos.
La ironía de saber que yo fui quien te dio la estúpida idea y de ser tú quien –siempre en perfección-, la desarrollaras y te llevas contigo ese acorde último, ese trino perfecto, esa mirada dudosa y tus labios finos.
Escucho a lo lejos el llanto de aquellos que –como yo-, no pueden creer tu partida, pero ellos tienen el consuelo de los demás, tienen el consuelo de sentirse aceptados. Estoy sola, me has dejado sola, sintiendo tus pasos a media tarde, cuando solías regresar y tu lado de la cama, tibio, como si te acabases de levantar.
No soporto tu partida, me has dejado con un ala menos y lágrimas demás. Ya no quiero volver a aprender a volar, no quiero aprender a sonreír, pues sin ti, todo se ha vuelto falso y en blanco y negro.
Negación; te niego –dicen-, te odio, pero te amo. Eras un pequeño cachorro falto de madre y abandonado en la calle, te acurruqué en mis brazos y cuando tuviste fuerza suficiente, dejaste todo por un capricho inherente e inalienable a todos, menos a ti.
Tu música, tus suspiros, tus pestañas largas e infinitas sobre tus ojos, que muchas veces dibujé como telarañas que aprisionaban mis cejas cuando nuestras caras estaban juntas; ya no las volveré a contemplar.
Han cerrado ya tu recámara con silencio y me veo allí detenida junto a los árboles que marchitan sus hojas en otoño. Veo tu alcoba –como nunca antes-, ordenada.
A lo lejos escucho que me hablan. ¿Quién será?. Vuelvo en mí y escucho que me dices -Terminamos.