Mis ojos se encontraban en cualquier
parte, viendo cada cosa inerte y viva que se divise en mi camino.
Con una mochila al hombro, donde cargo
mi ropa y las cosas necesarias para sobrevivir, emprendí un viaje desconocido
desde mi hogar. Por eso ahora me encuentro caminando en la calle de una ciudad
de la cual poseo poca información, y si he andado en un pasado por acá debió de
haber sido cuando yo aún era muy niño. La gente, los autos, los negocios; nada
me era familiar, pero, sin importarme eso, continuo mi marcha. -Un pie tras
otro- con unas zapatillas viejas que tenía guardadas en algún rincón de mi casa
que mi padre debió habérmelas regalado para alguna navidad.
-Cómo se han dado las cosas para que
tenga que estar acá- me lamento; caminando entre gente desconocida.
Son las seis de la tarde y hace como
dos horas que me bajé del bus que me dejó en ésta ciudad. Ya no recuerdo con
qué motivo salí del terminal de buses para estar deambulando casi perdido.
-Disculpe señor, ¿qué calle es esta?
-Ésta es la 18 de Septiembre- dijo para
continuar su camino.
-Y cuál… Disculpe… ¿Y cuál es la calle
que atraviesa?
Entonces aquél sujeto que había
parecido tan amable a la primera pregunta hace una parada forzosa a su impulso
y responde brevemente –Pedro Aguirre Cerda.
Me dirigí a esa calle. En mi rumbo, el
hambre, que había olvidado hace rato, me vuelve al sentir en mis narices los
olores de un auto-servicio. Entré luego de haberme detenido a la entrada para
decidirme dar un paso adentro y mirar la hora. Me hice paso entre la gente que
estaba detenida en el pasillo de la entrada y, a lo que vi una mesa desocupada,
me senté dejando la mochila a un lado.
Creo que estuve sentado ahí al menos
cinco minutos sin que nadie me atendiera, pero cuando vi que se acercaba la
camarera a una de las mesas más cercanas recordé que no me había cerciorado de
cuánto dinero tenía. Así que agitadamente comencé a revisar entre mis bolsillos
sin encontrar nada. Y de pronto, entre mi búsqueda, noté que la camarera ya
estaba a mi lado.
-¿Vio la carta?
-Ehmmm… No, aún no- le dije nervioso
mientras seguía buscando dinero, pero ahora en la mochila.
-¿Qué me da por mil quinientos pesos?-
le dije por ser lo único que había logrado sumar descontando el dinero de mi
siguiente pasaje.
-Un completo italiano.
-Por favor.
Al momento después me trajo aquel
completo y le dejé el dinero en la mesa.
Me iba de aquel auto-servicio y, dos
cuadras más allá, aún tenía el completo en mi garganta. Era, en ese momento,
aquel espesor en mi garganta el inspirador de mis deseos ansiosos de agua.
De vuelta en el terminar fui
directamente a preguntar, en uno de esos cuartitos atrincherados donde se
compran los pasajes, a qué hora salía el siguiente bus para Valdivia.
-El siguiente para Valdivia…- decía la
mujer que estaba tras el vidrio mientras tecleaba el computador –Sale a las
20:10 horas- terminó diciendo casi sin mirarme.
Me retiré, sin comprar el pasaje,
mientras buscaba algún asiento vacío dónde poder sentarme y pasar el tiempo.
Luego de sentarme miré la hora y aún tenía algo más de 30 minutos de espera a
que llegue el bus.
En mi ocio incursioné en varias
posturas para mi comodidad, pero creo que ninguna me convenció completamente.
En eso se sienta en el asiento del lado una muchacha con un vaso de café en la
mano, seria y sola igual que yo.
Los minutos cada vez se estrechaban
más, y seguía ahí. La muchacha me quedó mirando y me preguntó a dónde iba. Traté
de articular una respuesta que no llevó a nada. Ella volvió a sorber su café y
entonces me dijo:
-¿Y cuál es el motivo de tu viaje,
entonces?- Y acomodó su hermoso cabello tras la oreja.
-Decidí salir un día a buscar al sujeto
que hiso infeliz mi vida.
-¿Y lo has encontrado?, ¿Sabes algo de
él?- Me preguntó intrigada.
-Sé que una vez salió de su casa
buscando la felicidad.
Mi reloj marcó las 20:09 horas y me
paré para marcharme, dejando a aquella muchacha atrás con su soledad y su café
que sorbo tras sorbo se enfría más. De seguro no se lo terminará y lo botará en
algún basurero.
Cuando me subí al bus que me llevaría a
Valdivia, quizá, pasó por mi mente que me había mentido, y ahora yo escapaba de
la felicidad.
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